Cada quien habrá elegido su recorrido y vivido la experiencia que más quiso. En primer término, el predio elegido para esta edición fue ideal y superador. El Parque Estación Central Córdoba no solo dio cabida cómoda al contingente de ingreso constante sino que permitió ubicaciones contiguas e independientes para los cuatro escenarios: uno en el parque, otro en el Gabino Sosa, y cada uno dividido en dos.
No hubo intromisiones sonoras –algo de esto sucedió el año pasado en el Hipódromo- para un nivel técnico de escucha superlativo. Ver y oír música como corresponde, de eso se trata.
De este modo y como siempre, se escucha lo previsto y se descubren otras propuestas; una de las características sobresalientes de este Festival, que Rosario ya ganó para sí en su agenda cultural. Para el desfile de nombres y bandas hay notas suficientes que lo testimonian; antes bien, algunas impresiones.
Ver y escuchar a Caliope Family en un marco semejante, no solo corrobora el nivel de la banda, sino que el show ofrecido por los rosarinos fue uno de los puntos más altos.
Impacta la contundencia que ofrecen, la solidez de las canciones y sus ritmos, en letras que Brapis verbaliza con una cadencia veloz y legible a partes iguales. Admirable.
Con “Rosario” tatuado en su cuello y una remera con la imagen del Trinche Carlovich, Brapis dice –tanto como en sus letras- sobre lo mucho que ama la ciudad –Emblema es el título del disco más reciente-, a la que grita las injusticias que la corroen, entre las violencias y los destratos que solo los barrios saben.
Cuando la última de sus canciones sonó, el público había crecido tanto como con cualquiera de los mejores shows.
Hubo participaciones a sabiendas notorias; entre ellas, volver a ver a Él mató a un policía motorizado o Las pastillas del abuelo, quienes, diferencias mediante, no dejaron de estar en sintonía con presentaciones previas. En todo caso, vale estar al tanto de los matices que ofrecieron.
Marilina Bertoldi en el Festival Bandera 2026 Gentileza –
Ahora bien, y más allá de cualquier matiz, quien se luce, siempre, es Marilina Bertoldi: “Les traje el sol”, dijo ante los nubarrones dispersos. Tenía razón.
No hizo mucho de su anterior presentación rosarina -casualmente, con Él mató en marzo pasado-, pero decir que los shows de la Bertoldi se parecen no se puede. Ella misma es un espectáculo maleable. Desde su cuerpo, voz y canciones, Bertoldi sostiene, sola, la mitad del escenario: a la izquierda, el trío; a la derecha, ella.
Cuando canta, le recuerda al rock su atención crítica. Explosiva, lacerante y sensual, sus canciones hacen presente el rock más visceral y desde el lugar suyo, de mujer en esta música -solo ella sabe reinterpretar “Me vuelvo cada día más loca”-, mientras se asume felizmente desajustada ante la comodidad estúpida y de derecha de estos días.
Justito antes de la Bertoldi, y en el escenario contiguo, los colombianos Andrea Echeverri y Héctor Buitrago abrían el juego con Aterciopelados y una vagina gigante en escena.
La fusión rítmica, con sonidos latinoamericanos y rugientes -politizados y festivos (algo de esto se ha perdido en estos días, ¿no?- provocaron el mejor de los tándems: Aterciopelados y Marilina Bertoldi.
En este juego se sumaban, por ejemplo, Lisandro Aristimuño -antes de su propio show- para compartir canción con la Echeverri; en una de las muchas colaboraciones que suscitó el Bandera. Así, por ejemplo, entre Santiago Motorizado y Dillom.
De las presencias más celebradas y esperadas, Dillom presentó su álbum más reciente: La nueva violencia es brillante como él. Canciones punzantes, críticas, con rasgos de un hip hop de cruce funk, que él canta vestido de manera casi anacrónica.
Dillom en el Festival Bandera 2026 Gentileza –
Sus tatuajes dicen algo y los atuendos “disco” dicen otra cosa; algo que él disfruta sobremanera, con sus lentes grandotes a los que les falta un cristal. Una dualidad -o fragmentariedad- consciente, que replica en las coristas situadas a sus costados, en la prédica furiosa con la que baila y burla a las modas y las buenas intenciones.
Se permitió, además, una nota irónica a los dichos presidenciales de estos días, en relación a quiénes llegan a fin de mes; para terminar finalmente con el torso desnudo, blanquísimo y tatuado, de vientre cervecero y cuerpo ofrendado. Dillom baila desde una torpeza calculada, la de un músico extraordinario.
Hubo algo de chisporroteo de llovizna, a veces un poquito mayor y sobre la noche avanzada, pero sirvió de condimento especial: hizo lucir de otras maneras las luminarias y las canciones, así con la chilena Javiera Mena -colmó al escenario con un show electrónico infatigable; también YSY A, en otro orden y con otro público- y con Bandalos Chinos. El tramo final fue para Peces Raros y para quienes supieron sobrellevar el caudal de tantas horas. La fatiga se venció con más música.